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“El cazador de sueños”

Por: Ricardo Gabriel Poilischer

La tarde se apagaba en un mar de viento y lluvia, los relámpagos iluminaban el negro cielo y si hacia falta un panorama mas infernal, los truenos sacudían el silencio atónito de un estadio repleto e inmóvil.

Una tarde perfecta para quedar eliminados de la Copa Mundial de 2010 en Sudáfrica.

El partido se iba y lo que se presagiaba como un trámite, estaba terminando como la peor de las pesadillas, Perú , un débil equipo por aquellos año , había empatado en uno faltando nada.

Quedaban apenas unos segundos para cambiar la historia. Muy pocos. Nada.
Faltaba nada para cualquiera, no para él…

Cuando recuerdo aquella tarde, hace ya tanto tiempo, me invade una mezcla de nostalgia y una paz infinita.

Me lleva también a la infancia, cuando, como cada chico nacido en esta tierra, soñaba con las mil y una hazañas futboleras.

No había un niño, como ahora, que no se fuera a dormir soñando con convertir el gol del triunfo sobre la hora, con ser el líder de la victoria más emotiva, con dar vuelta el resultado más difícil. En definitiva, con ser el paladín de la película cuyo guión imaginábamos en nuestras mentes y nuestros corazones y donde indefectiblemente nos transformábamos en héroes, donde nos envolvían los aplausos y la admiración, donde nos reflejábamos en la felicidad que habíamos provocado en miles de ojos azorados.

Sin embargo, para la mayoría de nosotros, solo se trataba de eso, fantasía de pibe, sueño de hombre.

Más temprano que tarde, la vida nos llevó por otros rumbos, donde todo se hacía más previsible, más común, más gris.

No nos convertíamos, precisamente en lo que habíamos imaginado.

Nadie sueña, estando en sus cabales, con ser empleado, con tener más o menos suerte en la Bolsa, con ser felicitado por un jefe.

El partido de ida por los octavos de final de la tan deseada y demorada Copa Libertadores, había sido una derrota de visitantes y por la mínima diferencia con el eterno rival.

El, nuestro delantero centro, el goleador, se había roto los ligamentos cruzados hacía ya seis largos meses.

Ya estaba entrenando, pero era muy dudoso que pudiera reaparecer.

En la sufrida revancha, pudimos ponernos en ventaja, pero faltaba un gol para clasificar.

De pronto, él, cuya tenacidad para recuperarse lo llevó a integrar el banco de suplentes, se levantó para precalentar y la energía que recorrió el estadio en ese momento aún hoy me provoca electricidad.

Todos, absolutamente todos los presentes, propios o extraños, supimos, como recibiendo al oído un secreto divino, que algo iba a pasar.

Y pasó, porque el rival no soportó su luz y enseguida vino un gol más, el necesario.
Pero faltaba más, faltaba más….

Y recibió un centro atrás, y se acomodó, y la puso ahí, bien pegada al palo, para que el partido terminara como debía, con la pelota en el arco y sus lágrimas en el césped.

Apenas veo, hoy por hoy, y moverme requiere cierta habilidad que se adquiere cuando los huesos no responden como debieran.

Pero no me quiero ir.
La vejez de un hombre puede ser algo muy placentero si al final del camino sabe que ha cumplido con todo y con todos.

Y yo lo he hecho, y lo que no, claro, él lo ha hecho por mi.

El equipo venía mal, muy mal, jugábamos contra el mejor en ese momento, y, con algo de suerte y algo de tesón, se había logrado empatar en dos.



Ricardo Gabriel Poilischer
Nº Socio 12154



 
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