Por: Ricardo
Gabriel Poilischer
A Zulema , inolvidable abuela de mi amigo Hernán
La frase resonó en el aula con el mismo efecto de la bomba atómica sobre Hiroshima.
-Para mañana redacción tema “Mi prócer preferido”
Y encima, la Señorita Fau no pedía las cosas por pedir, si te decía ”mañana” , era mañana y no había vueltas , nada de “estuve con dolor de panza”, ni ”mi tía se enfermó” ni “ayer tuvimos el velorio del almacenero”. Había que presentar los deberes y punto.
Está bien, no era nada del otro mundo, pero nos resultaba más fácil y llevadero hablar de la vaca, de nuestra mascota preferida o de nuestras últimas vacaciones. Pero escribir sobre próceres, era un tema bastante conflictivo.
De Sarmiento no podías escribir nada, quedabas como un chupamedias. “Sarmiento no faltó nunca al colegio”, hablar de él era hablar del enemigo, elogiarlo, era pisar nuestras propias cabezas, resaltar nuestras miserias. Además, esa leyenda, nunca me sonó creíble. Un tipo que no falta nunca a ningún lado, algo esconde, un chico que no falta nunca al colegio, nos parecía sospechoso. ¿No le gustaba estar en la cama mirando la tele?, está bien, en aquella época no existía tal cosa, pero seguramente había otras. ¿No le gustaba cazar pajaritos? ¿Jugar a lo que sea? ¿Hacer travesuras? Mmmm, un niño que no hace cosas de niño, algo trama.Con los años nos enteraríamos que tan equivocados no estábamos, efectivamente, algo escondía el hombre, pero esa es otra historia.
San Martín caía mejor, sabíamos que había cruzado Los Andes y dado la libertad a tres países, entre los cuales, claro, estaba el nuestro, aunque, a juzgar por lo que veía en la tele, algo estábamos haciendo mal con esa libertad, además, cada dos por tres venían a retirarnos del cole antes de hora porque había explotado una bomba cerca o porque había alguna huelga sorpresiva, o como el otro día, que nos hicieron ir a todos porque habían matado a un tal Vandor , ahí cerquita , a unas cuadras , y mi viejo vino volando y no me dejó salir a la calle ni con promesa de portarme bien hasta el fin de los tiempos . Pero era claro que a San Martín lo iban a elegir todos , si hasta se podía intercalar esa historia con el pobre Sargento Cabral, que le había salvado la vida rescatándolo de abajo del caballo y muriendo por esa acción pero dando la vida por la Patria y por todos nosotros , etc etc.
Belgrano? , para ese momento solo era el tipo que había creado la bandera con los colores del cielo. “Mucho, lo que decir mucho, no se mató el tipo”, pensaba yo, así que lo descarté de inmediato. Claro que con el tiempo, me iba a enterar que su aporte a nuestra historia, fue mucho mas que la enseña que nos legó.
Esa tarde volví a casa , y mientras tomaba la leche con galletitas y me bancaba a mi hermana mirando la novela , mis pensamientos buscaban un héroe , uno merecedor de mis letras , mis elogios y mi elocuente redacción que debía sacar un “Muy bien felicitado” , lo hacia , no con ansias de ser el mejor alumno ni mucho menos , pero me gustaba como quedaba esa frase en verde sobre la hoja de mi cuaderno , cosa que parece le gustaba también a mi mamá , ya que cuando esto ocurría , se le abría una increíble sonrisa que no se agotaba mientras le contaba la noticia por teléfono a medio barrio .
Y confieso, no tuve que pensar mucho para encontrar a mi paladín. En realidad creo que supe de quién iba a escribir desde el mismo momento del pedido de la Señorita Fau.
El era el héroe a quien yo quería imitar y sus hazañas eran lo último que repasaba antes de dormir.
Su nombre…bueno en verdad no sabía si lo que yo conocía era su nombre, su apodo, su apellido o que cuernos, pero nombrarlo provocaba cosas.
En la tele, cuando lo mencionaban en el noticiero , hasta el mas serio de los locutores , sonería , como sonería yo al ver su imagen o leía sobre el en diarios y revistas.
Bastaba su mención para traer una mezcla de alegría y complicidad .Despertaba simpatía creo , hasta en quienes no lo tenían de su lado.
Decían que lo que hacía era imposible, que era magia, pero el tipo no era mago. Decían que un día se iba a partir en dos, pero nada, el tipo seguía ahí, de una pieza y esquivando al enemigo que por mas que se esforzaba no podía con él, y él los dejaba atrás, “ahora estoy , ahora no estoy” parece que les decìa, y los tipos se le arrojaban con todo lo que tenìan , y nada , quedaban solo ellos y una estela de polvo y césped , masticando una mezcla de bronca y secreta admiración.
Porque èl, a decir verdad, no era un Hèrcules ni mucho menos.
Era mas bien flaco y desgarbado, lo cual, precisamente, hacìa mas increíbles sus proezas.
Por eso, cuando la Señorita Fau me trajo la redacciòn corregida, dos o tres dìas después, con un tremendo “UNO” en rojo, no lo entendì.
Tampoco tenìa idea como iba a hacer para que mi mamà no me matara por tal bochorno , pero algo se me ocurrirìa. Tal vez pudiera esquivarla como mi pròcer preferido a sus enemigos .
Pero yo no era èl y mi vieja me agarrò de entrada porque ya le habìan avisado de la oprobiosa mala nota de su hijo menor.
Y me pidiò la prueba del delito con un gesto grave en el que yo alcancè a leer que no iba a volver a ver una golosina hasta dentro de mucho tiempo.
Pero cuando mi mamà la viò , ocurrió el milagro , porque al ver el tìtulo ocurriò lo que ocurrìa siempre , esa mezcla de alegrìa y complicidad que despertaba su sola mención o lectura.
Y mi mamà sonriò , y me dijo simplemente..”andà, andà”
Y con un cariñoso movimiento , dejò la hoja sobre la mesa , para que mi viejo la viera en cuanto llegara.
Y ahí quedò , orgullosa y digna , una de mis primeras narraciones, en una hoja de cuaderno rayada con su enorme tìtulo en elegantes letras de imprenta a color azul
rabioso….
ROJITAS
Y no me diga que usted, al leerlo, no està sonriendo tambièn
Ricardo Gabriel Poilischer
Nº Socio
12154